Querido diario

Querido diario:
Hoy se ha liado una buena en mi casa. Cuando hemos llegado mi hermana y yo, mi padre ya estaba aquí, esperándonos. Al parecer, había descubierto “el secreto” de mi hermana o eso fue lo que dijo él. “Pasa y siéntate”, le ordenó. A mí me extrañó, no sabía que mi hermana tuviera secretos y mucho menos conmigo, que me lo cuenta todo.

Creo que mi madre había estado limpiando el cuarto de mi hermana y había descubierto unas cartas y unas fotos. No sé lo que verían o leerían mis padres, pero muy bueno no tenía que ser. Mis padres tenían cara de preocupados o de enfado, no sé.

Yo fui al salón, para saber qué era lo que estaba pasando y mi madre me mandó a mi habitación, “son cosas de mayores” dijo. Siempre era la misma historia, siempre eran cosas de mayores, cosas que yo no podía escuchar… Salí al pasillo y dejé la puerta del salón entreabierta. Estaban tan pendientes de Sandra que no se fijaron en nada más.

La conversación empezó como un interrogatorio de una película, haciendo mi padre el papel de “poli bueno”. Con la voz tranquila y con la cara seria, sin parecer enfadado, nervioso, triste… Le preguntó a mi hermana por las cartas y por las fotos. Se notaba que Sandra estaba esperando la pregunta, pero aun así, se puso colorada y tartamudeó una respuesta que ninguno comprendió. Mi padre insistió y volvió a preguntar. Mi hermana cogió aire y con la mirada clavada en el suelo, con los puños sobre sus muslos apretados, respondió: “¿Qué queréis saber?”.

Me dejó helada la valentía y la fuerza que demostró, creo que era la primera vez que la veía así. Mi padre se la quedó mirando, se tocó la barbilla y le contestó: “Todo, cuéntanos todo”.

Mi hermana se levantó y fue a la cocina, cogió un vaso de agua, bebió, volvió a coger aire y comenzó a hablar:

“No sé cuándo comencé a sentirme atraída hacia las chicas, ni siquiera sé si hubo un momento exacto o por el contrario, siempre he sentido así. No lo sé. Sí os puedo decir que Carla es la primera por la que siento algo.

Conozco a Carla desde hace mucho tiempo y sin embargo, no sabía que sentía estas cosas hacia ella. Pero todo cambió en la excursión de fin de curso del año pasado ¿os acordáis? El viaje fue muy largo, teníamos por delante muchas horas de autobús. Comenzamos el viaje con muchas ganas de estar juntos, de reírnos, de pasarlo bien, cantando, riendo… Y poco a poco, la gente se fue durmiendo.

Yo había comenzado el viaje con Montse, cómo siempre. Pero cuando ya me entró el sueño y fui a mi sitio, ella estaba durmiendo con Carlos, el chico que le gustaba así que, fui a buscar otro asiento. Al final, en los asientos delanteros estaba Carla, con un cuaderno, un boli y la música puesta.

Carla había ido conmigo a clase siempre. Nos conocíamos bien, nos llevábamos bien, pero no éramos amigas íntimas, estábamos en grupos distintos.

– ¿Me puedo sentar aquí contigo?” –  Le pregunté tocándole el hombro para captar su atención.

– Sí, sí, claro… – Respondió un poco sorprendida. – ¿Quieres….?- Me dijo ofreciéndome un auricular.

Nos pasamos todo el viaje hablando, escuchando música, riéndonos… Hasta que amaneció y el autobús volvió a tener vida y nosotras, a pesar del cansancio, a pesar de las muchas horas que llevábamos despiertas, sentíamos esa conexión y esas ganas de hablar más, reír más, conocernos más…

“Las cosas grandes, surgen poco a poco…” Siempre me decía Carla cuando teníamos algún bache, alguna dificultad. ¡Qué gran verdad!

Es cierto que en la excursión pasamos mucho tiempo juntas. Incluso me escapé de mi cuarto, escondiéndome de los profesores, para pasar un rato con ella a solas y hablar. Me encantaba hablar con ella. Siempre tenía mil historias que contar, mil anécdotas y un gran sentido del humor.

La excursión había sido el principio de algo grande, algo que tardaría en llegar, pero para cuando llegó ya éramos inseparables y nos unía algo que solo nosotras entendíamos y que solo nosotras podíamos ver.

Yo había comenzado a sentir cosas, sentir ganas de estar con ella, ganas de abrazarla, ganas de besarla… Es cierto que el resto de mis amigas ya tenían novios o ya tenían a alguien en mente con quien tontear… Yo no. Yo la quería a ella y sé que ella me quería a mí, esas cosas se notan.

La verdad que no fue fácil aceptar mis sentimientos, pero ahora no los cambiaría por nada. Cuando Montse y el resto de chicas me animaban para que saliera con Sergio y yo les decía que no, que no me apetecía, que no me gustaba, que tenía planes… No me creían. “¡Si Sergio está buenísimo…!” Intentaban convencerme… Pero yo no podía verle con otros ojos, ni a él, ni a ningún otro.

Es complicado aceptarlo, es complicado sentir que vas a contracorriente, es complicado sentirte sola y darte cuenta, de que en cierto modo, lo estás. Siempre oyes comentarios, siempre oyes insultos… Y yo pensaba… Yo soy como ellos…Yo soy como ellos… Cualquier día, comenzarán conmigo.

¡Qué equivocada estaba!Un día, en el recreo, me quedé en clase, sola. Necesitaba pensar, pero pensar de verdad. Necesitaba estar a solas conmigo misma, analizarme, sincerarme y sacar conclusiones. No podía estar dudando de todo lo que pensaba y sentía. Fue entonces cuando entró Montse en clase y me vio con la cabeza entre mis manos y los ojos encharcados en lágrimas. -¿Qué pasa, Sandra?- Me preguntó mientras me limpiaba las lágrimas que ya comenzaban a rondar mis mejillas. Se lo conté. Todo. Desde el viaje en autobús, desde mis sentimientos más profundos y callados… Todo.

– ¿Y qué problema hay? Te acuerdas de mi primo Miguel, él es gay. Le queremos mucho y a su novio también. No hay nada malo. El amor solo es eso, amor.

Terminé de sincerarme con Montse hasta que el sonido del timbre nos llevó de nuevo a la realidad y ocupamos cada una nuestro pupitre. Y la vi entrar en clase, con su carpeta y con su sonrisa. Me miró, siempre lo hacía.

Es cierto que Montse me ayudó mucho, bueno y el resto de las chicas también. En seguida se enteraron de lo que me pasaba, de lo que me preocupaba y el motivo de porqué estaba últimamente tan ausente. Nadie me dio de lado, nadie se lo tomó a mal, nadie dejó de quererme por sentir lo que sentía. Ellas me dieron la fuerza que a veces sentía que perdía.

Las cosas fueron muy lentas, tardaron en llegar. Ninguna de las dos quería precipitarse, aunque eso lo sé ahora, claro. Aunque las dos lo estábamos deseando. Y al final llegó, al final pasó. Fue ella la que habló conmigo y se sinceró, yo solo pude decirle que yo sentía lo mismo. Fue bonito, fue especial, fue solo el comienzo… Y hasta hoy”.

Mi hermana se quedó callada. Esta era su historia. Al parecer este era su secreto, no entiendo entonces porque mis padres se habían preocupado tanto. No entiendo porque mi hermana había tardado tanto en contarlo… No entiendo este secreto…

– ¿Sus padres que dicen?” – Rompió el silencio mi padre.

– ¿Sus padres? ¿Qué van a decir? Están encantados, papá. Voy muchas tardes a su casa a hacer los deberes. Me tratan muy bien.

– ¿Pero lo saben? – Volvió a preguntar…

– Claro papá… Desde el principio…

No pude escuchar nada más porque mi madre se levantó y yo tuve que abandonar mi escondite detrás de la puerta.

Al cabo de un rato que a mí me pareció eterno, mi madre nos llamó a la mesa, a comer. Nos sentamos cada uno en nuestro sitio, pero creo que solo comí yo. Nadie hablaba, nadie comía, solo movían los cubiertos por encima de la comida.  Al rato, mi hermana preguntó que si se podía ir a su cuarto. Se levantó de la mesa sin haber comido nada y se encerró en su habitación.

– ¿Qué es lo que pasa? – pregunté preocupada. Mis padres se miraron entre ellos, decidiendo quien hablaría. – El secreto de Sandra, es un secreto bueno ¿Verdad? – Volví a hablar yo.

– Cariño, tu hermana… tu hermana… es… diferente – Dijo mi padre buscando las palabras por toda la cocina.

– ¿Diferente, papá? ¿Por qué? -Le pregunté yo. Conocía a mi hermana desde siempre y nunca había sido diferente a mí, bueno, ella era mayor y más alta, pero ya está.

– Eres aún demasiado pequeña para entenderlo, pero ya lo harás, no quieras crecer tan rápido…

– Papá ¿Ser diferente es malo? – Estaba preocupada, porque yo era muy distinta a muchas de las niñas de mi clase.

– A veces sí, cariño, a veces sí…-

– Pues yo soy diferente, papá. A las niñas de mi clase les gusta el color rosa y a mí no, prefiero el verde. También les gusta Dora y yo prefiero a Bob Esponja… ¿Soy mala? ¿Os pondréis tristes?….

– No cariño, claro que no. Eso no es malo… – Me respondió pensativo.

– ¿Y lo de Sandra si es malo, papá? –

– Es diferente, cariño y complicado de entender. Pero sí, es malo.

– ¿Y Sandra es mala por ser diferente? – Volví a preguntar.

– No es mala, solo diferente y esa diferencia le va a traer problemas y lo va a pasar mal. Papá quiere mucho a Sandra y no quiere que lo pase mal ¿entiendes?

– Sí, papá. Pero si ella no es mala ¿Por qué lo va a pasar mal? No lo entiendo…–

– Porque la gente es mala y la gente se lo va a poner difícil.

– ¿Pero qué es lo que pasa, papá? Cuéntamelo…

– Creo que lo entenderás, eres muy lista. Tu hermana se ha enamorado, como en los cuentos que te leemos… Pues igual. Pero no de un príncipe, como Blancanieves, sino de una princesa.

– ¡Alaaaa! – Exclamé – ¿Y son novias? – Mi padre asintió con la cabeza – ¿Y eso es malo? – A lo que vuelve a afirmar – ¿Es malo porqué no es un chico? – “Sí, cariño” me dijo – Pues que se vaya con un chico entonces, papá.

– No puede, no puede. Está enamorada de Carla.

– Pero si está enamorada…. ¿Cómo va a ser malo, papá?

– Buena pregunta… Buena pregunta. Es curioso como algo como el amor se puede entender como algo malo. La gente no lo entendemos, a la gente nos da miedo aquello que no conocemos. No se ven muchas “novias” por la calle y no quiero que a tu hermana le hagan daño por ser así.

– Papá es como si la gente es mala conmigo porque cojo la cuchara con la mano izquierda porque poca gente lo hace, aunque siempre hay alguien que sí… ¿Verdad? – “Sí”, respondió mi padre – Pero yo eso no puedo controlarlo, papá. No sé coger la cuchara con la otra mano, no sé por qué, pero no se hacerlo.

– Sandra no puede evitar querer a Carla. Pero es feliz queriéndola y es feliz junto a ella. A ti te hará feliz verla bien y a mí también. Pero yo no la podré proteger de todo ni de todos.

– ¿Y si hablas con las otras personas? Yo no puedo comer la sopa con la mano derecha y Sandra quiere a Carla… ¿Es lo mismo, papá? – “Sí, es lo mismo cariño”- Papá, si yo lo he entendido y tengo 6 años, ellos también lo entenderán. ¿Te ayudo a explicárselo? ¿Cuándo empezamos, papá?

Querido diario… Mi hermana es zurda, cómo yo. La única diferencia es que yo lo soy para comer la sopa y mi hermana lo es para amar. Pero ella me respeta en la mesa, no me mira por encima del hombro ni me hace sentir distinta, a pesar de que soy la única que coge el cubierto con esa mano. No me siento diferente. Soy zurda, no distinta. Soy zurda, no inferior.
Escrito por Blogentendemos

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