Pasaje al amor

Era uno de esos días en que se percibía el olor inconfundible a mar y a verano. A la lujosa residencia iban llegando los invitados y poco a poco se acomodaban. Eran las tres mismas parejas que desde hace unos años se conocían muy bien. Durante el año vivían en el centro de la bulliciosa Roma y un día decidieron compartir vacaciones y villa en una preciosa isla al sur del país, en Procida, un lugar con un encanto superior. Ya eran siete años eligiendo el mismo pasaje a sus vacaciones. Un lugar perfecto para renovar esperanzas, cargar pilas, dar rienda suelta al amor o simplemente culminar una perfecta novela. Esta andaba a medio construir en la cabeza de Lanzo, escritor de intriga que ya empezaba a sonar en el mundo de las letras y que allí aprovechaba la inspiración para avanzar en sus notas, plasmadas en un pequeño cuaderno cuyas puntas levantadas por el roce delataban que lo guardaba siempre en el bolsillo derecho de su pantalón.

Rocco y Paulina nunca iban solos. A sus incansables vacaciones de verano les acompañaba su cocinera, alguien leal desde hace algunos años. De economía notablemente más pudiente que los otros cuatro amigos, gozaban de grandes cenas, fiestas benéficas en su enorme residencia de la capital en las que asomaba algún noble de vez en cuando. Antonietta, la cocinera y cuidadora al fin y al cabo del hogar, tenía 50 años más o menos (al menos, eso aparentaba aunque en realidad nadie sabía su edad con exactitud) y se confiaba a Regina con cariño, mujer de Lanzo, de una forma fiel y desinteresada. Era la hija que nunca pudo tener y en esta ocasión el viaje lo hicieron juntas, pues Lanzo alegó que se verían en la villa tras terminar un trabajo.

En último término, estaba un apuesto y ambicioso abogado que escalaba de forma rápida en la importante firma para la cual trabajaba, Piero, de 43 años, y su desconfiada y celosa mujer, Cara, cuya relación era incisivamente tormentosa desde hace cuatro años. Tenían un hijo de 15 años, fruto de su amor cuando aún había cierto respeto entre ambos, pero que nunca iba con ellos en las vacaciones.

-¡Me conformo con no verte nunca! , gritó ella con tono desesperado nada más posar las maletas en el hall, delante de alguno de los amigos. Daba ya lo mismo quien estuviera presente en sus prolongadas y frecuentes discusiones. Todos sabían de su estado sentimental. Habían llegado a un punto de no retorno en su relación sin ceder ninguno y la estancia en verano no los salvaba. Cara tenía los nervios destrozados y en cualquier instante estallaba. En ese momento, Lanzo le echó una desafiante mirada de pasión a Piero, que se la devolvió.

Se avecinaban quince días por delante de descanso para todos, o al menos de eso se trataba. Al despertar al día siguiente Cara casi se abalanzó al correo acumulado durante un año, que reposaba en la moderna repisa de la entrada, a la vista de todos. Ella esperaba un importante telegrama que no recibió al partir de Roma. Entre los sobres y los folletos de publicidad de distintos colores, se encontraba la ansiada noticia que tanto esperaba y secretamente lo metió en su pantalón ante la mirada de Antonietta. Nunca se había ausentado ninguno del grupo en los quince días de las vacaciones, pero esa carta recibida fue la poderosa causa de que Cara expusiera al grupo y a su marido su ausencia sin remedio de la villa por unos días ante una cita médica ineludible. Piero respiró hondo y pensó: “Al menos por unos días me libraré de ella y de sus reproches en este encantador pueblo”. Pero, al mismo tiempo, su cabeza albergó un halo de desconfianza y dudas en torno a la marcha de su mujer.

Al llegar a la estación de Roma, estaban esperando a Cara. Un hombre de mediana edad con gorra, gafas y aspecto de bohemio se acercó a ella y le dijo:

-Tengo toda la información en este sobre.

Ella le contestó:

– Tendrás el resto de tu parte ingresado en tu cuenta en cuanto termine de unir todas las piezas. Espera dos días.

El hombre se dio media vuelta y agachó su cabeza a modo de afirmación. Los periódicos de la ciudad se acababan de hacer eco de un tremendo asesinato en Nápoles, sin culpables pero con una víctima conocida, la Juez Supremo de Roma que pasaba sus veranos en un ático en un tranquilo pueblecito de aquella provincia. Una mujer llena de responsabilidades que se veía salpicada continuamente por escándalos sexuales con altos cargos de la vida judicial italiana y hasta europea. La relación de esta con Piero era evidente. El detective privado le confirmó con sus fotos lo que era un secreto a voces. Él no era un alto cargo, pero sí oficialmente su fiel amante encadenado a ella desde hacía cuatro años. Al fin tenía la prueba para su definitiva separación.

Mientras tanto, Piero y Lanzo daban rienda suelta a su extraña pero fuerte atracción en un casi desconocido rincón de Procida, donde la belleza del salvaje paisaje era el marco ideal para muchas parejas gays.

-Te deseo hasta el éxtasis, le dijo apasionadamente Lanzo mirándolo fijamente mientras se zambullían abrazados en las cristalinas aguas de la cala. Cuando regresaron a la villa al atardecer, Lanzo vio de refilón la foto del brutal asesinato de la magistrada en el periódico del día, sobre la mesa de entrada al hall. Con disimulo lo metió en su mochila de playa.

Cara volvía a Procida preocupada por un comprometido ‘sms’ que había mandado tres semanas atrás a la victima, Mariella Costa, llevada por uno más de sus arrebatos de celos ante las evidentes citas secretas a deshoras de su marido con la juez. La policía podría dar con ella en cuestión de horas tras esa pista y convertirla en potencial sospechosa.

Los días pasaban en la pequeña isla con una gran barrera de silencio entre Piero y Cara. La gran decisión de ella estaba tomada: se divorciaría del gran amor de su vida al llegar a Roma. Estaba harta de las conocidas infidelidades de Piero y de los cotilleos de amigos en reuniones que habían contribuido a agriar su dulce carácter. A las once de una mañana, Antonietta abrió la puerta ante una llamada insistente al timbre. Con sorpresa comprobó que eran un inspector de policía y sus dos agentes. Traían una orden de arresto para el conocido escritor Lanzo Bono tras encontrarse su adn en el cuerpo de la magistrada. Después de ir esposado a Roma, declaró su culpabilidad. Sabía que era mejor contar los hechos, así que admitió que no podía aguantar los celos. Estaba demasiado enamorado de Piero.

En la cara de Cara se plasmó una mezcla de sensaciones. Asombro impotencia, estupor, odio… Y finalmente asintió con la cabeza y respiró hondo. Por fin era dueña de sus sentimientos y arrebatos.
Escrito por Alyama

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