Noches toledanas

Esta historia podría ser real o no, pero uno la siente como si la hubiera vivido, porque ha sufrido y porque espera que algún día la persona de la que se enamoró se dé cuenta de su error.

Un amor homosexual no tiene porque diferenciarse de un amor heterosexual, las premisas son las mismas, dos personas que se fijan, y luego el destino hará el resto, podrá ser correspondido o no, podrá durar toda la vida o no.

Y todo empezó así, hace ya casi un mes que apareciste en mi vida, de repente, por casualidad, sin esperarlo. El destino quiso unirnos en Toledo, ciudad de las tres culturas, un curso de animación a la lectura al que estuve a punto de no ir, no estaba de ánimos, pero mi compañera Nadia me animó y me convenció para ir.

Sabía que todo iban a ser chicas en el curso menos otro chico que venía de Cádiz, algo que me resultaba cuanto menos exótico, venir desde tan lejos para hacer un curso en Toledo, que locura. Te imaginaba gordo y calvo, cosas de los mitos y estereotipos bibliotecarios, igual que ellas tienen que ser solteronas con una casa llena de gatos.
Me acuerdo, como si fuera ayer, de tu entrada al aula, de tu pañuelo al cuello, de tu camiseta verde de Epi y Blas, de tus chanclas. Primera impresión positiva, gafas, bigotito, nariz importante. Alto, desgarbado, seguro de si mismo, sí esas fueron las sensaciones que me transmitiste esa primera vez.

Yo iba a compartir habitación con una chica del curso, pero por casualidades de la vida terminamos compartiendo habitación, y eso sin tener en cuenta las continuas preguntas de Nadia de si nos importaba. En principio me daba un poco de palo compartir habitación con un extraño pero bueno, cada uno en su cama y listo me decía a mi mismo.
Llegó la hora de dejar las cosas en la habitación y fuiste directamente a darte una ducha, de la cual saliste de manera casi erótica, con la toalla enrollada a la cintura, dejando tu torso, tu hermoso torso, al descubierto. Te miraba de refilón, con una mezcla de nerviosismo, voyeurismo e incomodidad. Ya tumbados cada uno es su cama, empezamos a hablar, charlar, como si nos conociéramos de toda la vida, situaciones laborales, ambas complicadas, las circunstancias que nos habían traído hasta allí, películas, música. Todo banal pero de buen rollo, yo cada vez me sentía más cómodo compartiendo habitación con aquel desconocido.

Mientras duró el curso nuestra relación era normal, casi distante, como guardando las distancias el uno del otro, sin apenas hablarnos, solamente lo justo y siempre todo relacionado con la temática del curso que estábamos realizando.

Al caer la noche, tú te quedaste en la habitación, con cara de cansado, mientras que yo salí con los demás a tomar algo en una terraza con vistas al Toledo más imperial; cuando volví a la habitación estabas ya dormido, y mis intentos de hacer el menor ruido posible para no despertarte no dieron resultado porque tuve que apagar el portátil que te habías dejado encendido. Estabas boca arriba, con un slip verde, un vistazo rápido mientras se apagaba lentamente la pantalla del portátil. Mis deseos más íntimos se pusieron en funcionamiento, me tumbé en mi cama y la mente empezó a imaginar posibles diferentes acontecimientos nocturnos, lo que iba haciendo que la fantasía tomará el control de mi mente. Apenas pude dormir esa noche, y para arreglar las cosas pude intuir que te había desvelado y lo único que oía en mitad de aquella calurosa noche toledana eran tus suspiros, y nuestros cambios de postura en la cama fueron continuos.

Llegó el domingo, día de la despedida del curso, del punto y final a poder seguir conociendo a aquel desconocido de Cádiz, no era capaz de pedirte el móvil o el email por miedo al rechazo. Al final, con la sutileza que te caracteriza, mientras desayunábamos en la cafetería del hospital de Toledo todos los participantes del curso apuntamos en tu libreta direcciones y número de teléfono para estar en contacto, lo típico es estos cursos, seguir en contacto, intercambiar informaciones, cosas que todos sabemos que en muy raros casos se volvería a dar.

Comimos en el MacDonalds, fuimos juntos a pedir, cómplices, contándonos cosas, riéndonos del trato que habíamos tenido por parte de la que chica que nos había atendido, habíamos quedado como dos rubias en potencia y con razón. Un rato más tarde, el adiós definitivo, el hasta pronto, dos besos en la mejilla y el “nos veremos” de rigor; cada uno con una dirección distinta, tú a casa de tu hermana a seguir trabajando en el proyecto del campamento urbano y yo a casa, mi nuevo hogar durante unos meses en Ciudad Real.

Después de descansar un rato y con una pequeña siesta de por medio, miré de manera mecánica el móvil y ahí estaba el comienzo de una ilusión, un whapps de alguien que no tenía en la agenda, enseguida comprobé por la foto de perfil que eras tú, Luis, el chico de Cádiz. Los saludos de rigor y poco a poco empezamos a entablar una charla que fue haciéndose cada vez más íntima hasta que llegó el momento de contar mi “secreto“, tenía pareja, tú en estado de shock, yo llorando tumbado en mi cama.

Mi relación duraba ya 3 años pero desde hacía unos cuantos meses las cosas no iban bien, mi pareja no terminaba de llenarme completamente y yo por acomodamiento seguía con una relación que ya llevaba unos meses muerta. Había llegado un momento en que no sabía si tenía a mi lado a un muy buen amigo o mi pareja, sentimientos encontrados, miedo a romper algo que duraba años, temor a hacer daño a la otra persona.
Te hice sentir mal, y reconozco que no fui sincero contigo desde el primer momento, te pido perdón. Me estaba gustando el tonteo, me subiste la autoestima, pero para luego volver a bajar en una montaña rusa de sentimientos.

Al día siguiente te presentaste en la biblioteca en la que trabajaba para vernos, hablar y tomar algo, repitiendo constantemente que no te ibas a quedar a dormir bajo ningún concepto. Conocí a tu perro Byron, parte fundamental de tu vida, y me enamoré de él desde el primer momento. Al final fuimos a casa para que descansaras antes de regresar a Puertollano donde vivía tu hermana, y seguimos haciéndonos confidencias hasta altas horas de la madrugada. Aceptaste quedarte a dormir pero en el sofa-cama de casa, tú y Byron acostados ahí y yo en mi cama de matrimonio, demasiado grande para una persona sola. Tras unos minutos de silencio y con las luces ya apagadas, mediante mensajes de whatsapps me decías que no querías dormir solo, que no era ni normal ni correcto, pero al final no sé muy bien como estabas a mi lado en la cama, los dos bocabajo y hablando de la situación. Me rodeaste con una pierna y acto seguido nos fundimos en un beso, uno de los besos más bonitos que he tenido en mi vida. Lo recuerdo constantemente, fue un beso de pasión, de encuentro, de cierta incomodidad, de que la situación nos había superado. Fue según tus palabras, el primero en mucho tiempo; pero esa noche fue en la que comprendí la situación en la que me encontraba, además tu dolor de testículos y tu bajada de tensión hizo de aquella velada algo tan surrealista que todavía sonrío tontamente al recordarlo.

Tras esa noche nos hemos visto en un par de ocasiones más, yo cada vez más cómodo contigo, conversaciones de todo tipo, educación, cultura, arte, homosexualidad, futuro laboral, etc.

La noche de Almagro fue especial, esos momentos en tu coche por callejuelas de la mancha profunda sin posible salida, ese pisto demasiado caldoso, invitaciones a bodas que no te terminaban de convencer, y para terminar un helado paseando por las calles de Almagro, y podría haber sido la persona más feliz del mundo si hubiéramos podido pasear cogidos de la mano, lo sé una tontería, pero en un entorno tan rural podría haber dado lugar a malas caras y cuchicheos innecesarios.

Desde entonces pasó muchas noches en vela, pensando en ti, como te dije hace días eres lo primero en lo que pienso cuando me despierto y lo último antes de dormirme, puto insomnio que no me deja descansar. Contigo he tenido más puntos en común o más afinidad que con cualquiera de mis anteriores relaciones. Tenemos complicidad, eso es indudable, me siento cómodo al estar contigo. Parafraseando tus pensamientos, “no soy un extremista reivindicativo activista del movimiento LGTB” pero sí alguien concienciado y con ganas de trabajar para cambiar el mundo. Soy vulnerable, sentimental, ahora mismo muy llorón porque lo que he llorado en los últimos veinte días no es normal, con ganas de amar y ser amado.

Comprendo perfectamente que no es nuestro momento, tú sigues pensando en tu ex y tu corazoncito todavía no está curado, pero quiero tenerte en mi vida, puedo esperar, quiero saber todo de ti, tus miedos, tus deseos, tus fantasías, quiero intentarlo aunque sé que la distancia es otro factor importante. Tú en Cádiz y yo cuando termine en Ciudad Real sin nada que pueda crear algo de ilusión en por mi otra parte triste vida laboral. Las casualidades no existen, alguien o algo te puso en mi camino, hizo que nuestras vidas que seguían caminos separados se juntaran en aquel sábado del mes de junio. Eres un tren que no me gustaría dejarlo pasar, la vida se vive en momentos y se tienen que aprovechar. Es una locura toda esta situación, pero me has robado completamente el corazón, no paro de pensar en ti durante todos los minutos del día, soy una persona romántica, quizás en exceso, con los sentimientos a flor de piel.
Me has molado mucho y sé que ahora no es un buen momento pero necesitaba escribir todo lo que siento. Te escribo todo esto con la luz apagada, sentado en la cama y escuchando canciones tristes en el MP3, y llorando, que se ha vuelto en algo habitual en cuanto llego a casa después del trabajo.

Luis, te quiero, te quiero mucho, los ratos que hemos vivido han sido maravillosos, hemos compartido momentos muy bonitos y ojalá vengan muchos más. Y no puedo decir que es “encoñamiento” porque lo he meditado durante muchos días y cuando uno hace caso a su corazón y siente de verdad se debe hacer lo que te dicte.

Comprendo que te asuste todo lo que te estoy diciendo, yo también estoy aterrado, pero me gustaría ser por lo menos tu amigo, alguien en quien puedas confiar, aunque primero debo demostrártelo. Alguien que aún en la distancia, pienses en él y se te escape una sonrisa tonta, que haga que un mal día se convierta en algo especial.

Me dijiste una noche que eres neurótico, bueno y que, nadie está completamente cuerdo hoy en día, solo sé que quiero que formes parte de mi vida, amigo primero y luego ya veremos, que aunque la distancia sea algo muy jodido puedas contarme tantas cosas que no sé de ti y cosas que yo todavía tengo que contarte. Quiero que algún día me hables de esos meses en blanco, de esos momentos en que te creías Superman pero que por dentro te estabas despedazando, algo se rompió dentro de ti y todavía noto que aunque te hagas el fuerte sigue eso ahí, latente. De tu estancia en un hospital durante una semana, no sé si por algo tuyo o por algún familiar muy próximo.

Para terminar, aquí me tienes para todo lo que necesites, tienes a un amigo que se preocupa y se preocupará por ti, y que intentará hacerte feliz como buenamente pueda.
Gracias Luis, por ser una persona tan especial, por haberme hecho pasar momentos tan bonitos, por tus ganas de trabajar, por tu simpatía, alegría, por ser tan “cultureta” y por ser tan buena persona, gracias de nuevo.
Escrito por Santiago Bermejo

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