El padre de mi mejor amigo

Escrito por Víctor Rentero.

Ese verano hizo un calor insoportable. Como todas las mañanas, en cuanto terminé de hacer mis tareas, me bajé a la playa para pegarme un baño y refrescarme un poco. Cuando llegué me encontré con mi mejor amigo Lolo, un tío de ojos canela, voz rasgada y la piel muy morena por el sol.

– Hoy viene mi padre de los estates. ¿Me acompañas a recogerlo al aeropuerto?- me dijo

– ¿Tu padre? ¿El que vive en San Francisco?

– Si, el otro no es mi padre, es mi padrastro. Pero sí, viene a pasar unos días.

– ¿Y dónde se va a quedar?

– No sé, me dijo por mail que no me preocupara, que él se buscaba algo.

– ¿Viene solo?

– No, viene con alguien que me quiere presentar. Para eso viene, quiere decirme algo.

– Uy,u,uy… Eso suena a importante.

– Supongo. Hace un huevo que no sé nada de él.  Pero parece que también voy a tener una madrastra. Seguro que está buena.

– ¿Y tu padre cómo es? ¿se parece a ti?

– De pequeño mi madre decía que era igualito.

–  Pues seguro que me cae bien. Va a molar conocerle. Me doy un baño rápido y nos vamos a buscarles.

Cuando llegué Lolo se estaba cambiando. Se había quitado el bañador y se había puesto unos pantalones cortos de vestir.

– Mira que camisa más guapa me he comprado – decía mientras se abrochaba los botones.

– Sí, si que es guapa, aunque no es mi estilo – confesé sin prestar apenas atención.  – . ¿Desde cuándo te pones camisas? – volví a añadir.

– Quiero que mi padre me vea guapo y arreglado. No como vamos siempre, hechos unos cutres. En el coche tengo un polo y otras bermudas. Te los vas poniendo de camino, ¿Vale? Vámonos ya que no llegamos.

Pocas veces había visto a Lolo tan nervioso y emocionado. Estaba radiante, con los ojos chisposos y una sonrisa de oreja a oreja. La ropa que me dió era de lo más hortera, pero estaba tan emocionado que cualquiera le decía que no.  Me cambié como pude en el asiento del copiloto y nos pusimos a cantar con las ventanillas bajadas, desgañitándonos todo lo que podíamos.

Cuando llegamos al aeropuerto  tuvimos que esperar al avión que vino con retraso. A los cuarenta minutos por fin empezaron a salir los pasajeros del vuelo procedente de Los Ángeles.  De repente se nos acercaron un hombre y una mujer.

– ¿Lolo? – preguntó la señora con un tono muy sexy y sensual.

– Si – replicó Lolo a la mujer.

– Hijo, soy yo, cielo.  Esto es lo que solo podía decirte en persona. Él es mi marido, Tom. Lolo, mi vida, que ganas tenía de verte.

 

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