La sorpresa (Extraído de De crucero con mi padre)

La primera vez que me hablaron del peculiar viaje no podía dar crédito. Jamás habría pensado que pasar unas minivacaciones con mi padre terminarían siendo una de las mejores experiencias de mi vida.

Todo empezó gracias a mi madre y a su caprichosa manía de participar en cada sorteo o promoción que se encuentra. A principios de aquel inolvidable verano, justo cuando uno le está dando vueltas al destino de las vacaciones, ganó tres noches de crucero por el mediterráneo para dos personas. A pesar de odiar profundamente los viajes en barco, quedó encantadísima con el premio. El simple hecho de haberlo ganado era más que suficiente para ella y, en el éxtasis alcanzado, tuvo la brillante idea de regalárselo a los dos hombres de su vida. Le pareció genial que mi padre y yo pasáramos un tiempo juntos, de adultos, para conocernos mejor y poder arreglar los asuntillos que teníamos pendientes. […]

La relación con mi padre cambió radicalmente el día que le confesé mi homosexualidad. No lo hice hasta que tuve mi primer novio serio y decidí irme a vivir con él. Hasta ese momento lo había llevado en secreto y nos llevábamos bastante bien. A mi madre no pareció importarle mucho. Me reconoció haberlo descubierto hacía tiempo.

– ¡No te preocupes, hijo! Peor hubiera sido que fueras drogadicto –dijo, excusándome sin motivo, pero con toda su buena intención–. Te sigo queriendo igual.

Sin embargo, mi padre no se mostró tan comprensivo. Él si hubiese preferido verme enganchado a cualquier cosa.

– ¡Tú estás gilipollas, deja de decir tonterías! –balbuceó, mientras salía de la habitación. […]

Quedé en la estación de Atocha para coger el tren hasta Barcelona, desde donde zarparía el crucero. Entre el calor sofocante, el bullicio ensordecedor y las pocas ganas que tenía de estar enlatado con mi viejo, me estuve planteando seriamente volver por donde había venido. Pero antes de poder decidirme, aparecieron mis padres y mi hermana. En cuanto vi a mi compañero de viaje con su sombrero, las gafas de sol, la camisa hawaiana y los pantalones cortos, luciendo sus blancas pantorrillas, supe que iba a ser una experiencia difícil de olvidar. […]

Entramos en el descomunal buque, justo antes de que zarpara. Si llegamos a tardar un solo segundo más, nos hubiéramos quedado en tierra. Subimos las interminables escaleras y accedimos directamente a las piscinas de cubierta. Tras recuperar el aliento, descubrí el tipo de crucero en el que acabábamos de embarcar. – ¡No puede ser! –pensé–. Debe haber un error. La bandera del arco iris ondeaba al viento, discretamente en una esquina, junto a la de los países que íbamos a visitar. La música disco retumbaba por toda la terraza. Las tumbonas estaban repletas de algunas tías casi en pelotas y de un montón de tíos supercachas, impolutamente depilados y con un morenazo increíble. Cada cual con un cuerpo más espectacular y un bañador más pequeño. Algunos bailaban meneando el paquetón y luciendo sus trabajados musculitos. Yo, que pensaba pasar cuatro días rodeado de niños, abuelos, papás y mamás, me encontraba en un edén, repleto de efebos homosexuales y… ¡vaya, con mi viejo! Con la emoción y la excitación del momento había olvidado que iba con él. Me imaginé a Derrick, el personaje gay extravagante y estereotipado de “Finales felices”, mirándome con su cara de pérfido desde una esquina, diciéndome “¡draaama!”.

 

Publicado por © Víctor Rentero para Kedacon.com.

Extraido de su libro “De crucero con mi padre”.

Disponible en Amazon en versión ebook y en papel. Todos los derechos reservados. Queda prohibido copiar o imprimir el texto.

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