Una experiencia casual (De crucero con mi padre 3. Versión Web)

Serie de Relatos Gay  De crucero con mi padre para Kedacon.com

1. La sorpresa

2. Los camarotes

3. Una experiencia casual

No sé el tiempo que pasé apoyado en la barandilla, sintiendo la refrescante brisa de las olas, rompiendo contra el buque. Cuando conseguí relajarme y acallar mis frenéticos pensamientos, mis pies empezaron a moverse al ritmo de la música que venía de la piscina principal. Casi sin darme cuenta, estaba bailando camino de la Pool Party.

Justo antes de llegar, se fue la luz. Me pilló en el pasillo, que daba acceso a las terrazas, donde la oscuridad era más intensa. Escuché unas puertas abrirse y pude oír los silbidos de la gente que estaba en la pista. Al echarme hacia un lado para buscar la pared y quitarme del medio, me choqué con alguien.

– ¡Discúlpame! Es que no veo nada –excusándome cortado.

– Yo tampoco, no te preocupes… ¡Estás en buenos manos! –aseveró el desconocido.

Su voz, grave y profunda, transmitía confianza y daba seguridad. No podía verle, pero si olerle. Olía fenomenal. Mis instintos sexuales se activaron al instante.

– ¡No lo dudo! Pero yo no me responsabilizo de las mías, si seguimos mucho tiempo en este cuarto oscuro gigante –agregué medio en broma, medio en serio.

Antes de volverse más morbosa la situación, volvió la luz y, entonces, pude verle la cara. Fue como una aparición celestial para mí: unos treinta años, el pelo castaño impecablemente despeinado, los ojos de un azul intenso que cortaba la respiración, y una barbita de tres días no muy poblada, pero perfectamente colocada. Tenía unos rasgos dulces y encantadoramente masculinos. Llevaba una camiseta de pico que le quedaba sensacional, marcando unos hombros en los que daban ganas de acurrucarse y quedarse dormido, y unos vaqueros algo desgastados. Su belleza me dejó anonadado.

Cuando salí del trance caí en la cuenta de la poca distancia que había entre nosotros, algo que empezaba a resultar un tanto incómodo. Lentamente nos separamos unos centímetros.

– ¡Hola! ¿Qué tal? –balbuceé nervioso.

-¡Se hizo la luz!

– Sí…

Quería decirle algo interesante, ocurrente, simpático… para agradarle y retenerle el mayor tiempo posible. Pero cuanto más me exigía, más me bloqueaba, y solo se me ocurrían los tópicos: ¿tienes novia o novio?, ¿haces muchos cruceros?, ¿trabajas o estás parado?, ¿qué comes para estar tan bueno?… ¡Menudo derroche de ingenio! Así que allí me quedé, con la risa boba, asintiendo con la cabeza, sin mediar palabra y sin poder dejar de mirarle. Parecía el típico perrito de juguete que se pone en la parte de atrás de los coches y que se mueve con el vaivén. Tras unos segundos eternos por fin habló él.

– Bueno, ya nos veremos por aquí.

– Sí, si, si… –dije atropellado, a punto de la taquicardia.

Y se fue. Seguro que pensando que era lelo o que estaba más salido que el pico de una mesa por mi desafortunada broma del principio. En cualquier caso, entre su impactante hermosura y mis oxidadas técnicas de ligue, me había pillado totalmente fuera de juego. Deseé que nos volviéramos a encontrar, como él mismo había comentado, para tener una nueva oportunidad. No habernos dicho ni siquiera nuestros nombres, me daba la excusa perfecta para volver a hablar con él. […]

Cansado de estar de pie, fui a buscar una tumbona libre para terminarme la copa y seguir observando el percal. La que encontré vacía estaba justo al lado del jacuzzi donde había tres chicas bañándose, dos de ellas besándose efusivamente. Si hubieran sido chicos, me hubiera metido sin dudarlo, pero, al ser lesbianas, lo mismo no les hacía mucha gracia que lo hiciera en gayumbos. De pronto, la chica que parecía estar de sujetavelas gritó:

– ¡Dani! ¿Por qué has tardado tanto?

Me volví para ver a quien se referían y, para mi sorpresa, el tal Dani era mi hombre del oscuro. El apuesto galán caminaba hacia ellas, esta vez sin camiseta y con un bañador corto tipo rocky, que le marcaba todo el paquete. No podía estar más increíble. Era la perfección personificada. Lo visualicé viniendo hacia mí, como en las pelis, a cámara lenta, con violines de fondo, el pelo ondeando al viento y los brazos en cruz para abrazarme.
Como hubiera dicho Lucía, si el destino me lo había vuelto a traer sería por algo. Estaba totalmente decidido a conocerle. Me presentaría y hablaría con él, en esta ocasión con el discurso preparado. Me levanté emocionadísimo y me dispuse a ir al jacuzzi.
No había dado ni dos pasos, cuando observé a Dani entrando y dándole un beso en la boca a la chica que lo había llamado. ¡Era hetero, no me lo podía creer!

 

Publicado por © Víctor Rentero para Kedacon.com.
Extraido de su libro “De crucero con mi padre”. Disponible en Amazon en versión ebook y en papel. Todos los derechos reservados. Queda prohibido copiar o imprimir el texto.

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